Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

El tiempo se detiene

Mi cuerpo empezó a tambalearse.

No esperaba ese golpe, esa magnitud.

Y en aquellos últimos minutos el tiempo se detuvo, y me brindó la posibilidad de apreciar lo que pasa cuando las cosas suceden tan rápido; allí, disfrutando del regalo de observar tu muerte, pude observar a mi atacante.

Llevaba un pantalón ajustado a la cintura con una gruesa correa dorada sujetándolo, tenía unas inscripciones extrañas pero minuciosamente detalladas por lo que no pude descifrar su significado, o simplemente mantener el recuerdo en mi mente; quizás no sea necesario después de este impacto. El hombre tenía puesto también un suéter que lo protegía hasta la barbilla, lo que dejaba mostrar su largo cuello, que a la vez podía reflejar el contraste que tenía con un cabello negro alisado y largo; las mangas dobladas cuidadosamente y un anillo que se me hizo familiar en el preciso instante que mis ojos lo encontraron en su mano izquierda.

Pero el anillo no era lo que más me llamó la atención, sino su sonrisa, completamente maravillosa. Era ese tipo de sonrisas que te relajan, te adormecen, te dicen indirectamente que “todo va a estar bien”, pero sobretodo, una sonrisa que te confunde. Empiezas a cuestionar hasta el último pensamiento paupérrimo que tuviste. Sin embargo, a medida que fui subiendo por su rostro, sus ojos maliciosos dieron a conocer la gran estafa que había sido esa sonrisa.

Es increíble cómo los ojos son capaces de cambiar toda una expresión, cómo son capaces de exhibir los verdaderos sentimientos e intenciones de las personas. Los suyos, revelaban odio. Lo sentí correr por mi piel y erizármela. Aquella mirada me dolió más que el golpe mismo, y sumergida en una profunda resignación, cerré mis ojos, dejando mi vida en las manos del destino.