¿Cuándo fue la última vez que la viste?
Justo antes de partir, de tomarme ese año sabático, de empezar mi vida.
¿Te arrepientes?
Aveces.
(…)
–Deja la maleta en el suelo Juliana –dijo su madre mientras sostenía el cigarro con una mano y se mantenía en pie con la otra sujetando el estante. Su aspecto era deplorable.
–¡Ya tengo mi pasaje! –gritó–. ¡Me están esperando!
Saboreaba la adrenalina real que corría su cuerpo y la hacía tambalear. Caminaba de extremo a extremo, asegurándose que tuviera todo listo, que tuviera todo. La idea de no tener fecha de retorno la alteraba y calmaba a la vez. Solo no quería mirarla a los ojos, pues sabía que estos la delatarían y nunca sería capaz de salir si eso pasara.
–¿Y qué piensas hacer al llegar? –dijo en tono burlón–. No tienes aspiraciones chiquilla de mierda. No tienes nada.
Juliana paró de dar vueltas y se dio el tiempo de mirar a esa mujer que tanto le hacía daño. Le sonrió con amargura y los ojos de su madre se tornaron rojo carmesí, resaltando las venas en ellos, dilatando las pupilas y resaltando el azul oscuro de sus iris.
–No me puedes dejar –dijo casi al unísono, de una forma planeada e ineludiblemente falso.
Ella no podía rememorar una cálida mirada de parte de su hija, una caricia o un gesto de gentileza. Sus lágrimas impostoras no podrían cambiar el matiz de sus pecados pues la súplica insertaba agudamente una osada conveniencia. Le aterrorizaba la idea de vivir sola.
El taxi llegó. Juliana tomó su ligera maleta y no miró atrás. Tendría que eliminar pronto recuerdos innecesarios.
–Perdóname –dijo la madre desconociendo su sinceridad.
–Siempre lo hice –dijo la hija reconociendo una derrota.
(…)
En realidad no, no me arrepiento. Nos dimos una despedida sincera. Ninguna de las dos sabía que no volveriamos a vernos. Era necesario hacerlo para que me encuentre donde estoy ahora.
Tengo una hermosa hija de 4 años, vivo enamorada de su padre por más de 10 años y bueno, no me puedo quejar de vivir en la gran manzana.
¿Porqué me arrepentiría?
