Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Golpes Caducados

– ¿En qué piensas? – pregunté confundida.
– En mi madre – respondió sin importancia.

Dejó el vaso de whisky sobre la mesa y recostó su espalda en el sofá. Me miró fijamente y yo hice lo mismo, mientras dejaba que el recuerdo de su infancia flotara en sus pensamientos, sin tocarla, sin hacerle daño.

(…) El jarrón de cerámica salió volando de un cuarto a otro y con su caída, hizo rechinar toda la casa. Pequeños pedazos de este quedaron esparcidos entre los dos cuartos, en aquel estrecho pasadizo, en aquel abismo creado por ellas, y ahora, ya sin ellas, el abismo era aún más grande. Un vínculo quebrantado, extendido en la vida rutinaria que llevaban bastante tiempo concibiendo.

Ella era una mujercilla que vivía bajo la sombra de su madre. Envuelta en un pasado martirizante, estropeado, de cierta forma, por un ser humano como cualquier otro: egoísta por naturaleza e inevitablemente débil ante antojos pasajeros.  Virginia vivía refugiada en la bebida, sometida a repentinos cambios de ánimo y ausente en la finalidad de su existencia, rasgo que Mila termino por adoptar años más tarde.

La miraba con desprecio mientras Mila se acurrucaba en el rincón de la puerta principal. Esta vez había ido demasiado lejos. Su rostro se comprimía de modo que cada marca de vejez se acentuaba, sus pupilas se dilataban y el color gris de sus ojos se oscurecía. El sonido de sus pasos al chocar estrepitosamente en el parqué desgastado, se podía oír desde la calle, desde la caseta del viejo vigilante y las orejas bien paradas de las entrometidas señoras.

No era gran sorpresa escuchar aquel alboroto proveniente de la casa de La Señora Virginia

La historia se repetía, cada domingo por la noche. (…)