Puedo sentir los leves rayos de sol sobre mis mejillas.
No calienta, no es suficiente.
Pero es aquella conformidad la que me recuerda a ti, a tus manías, a tus caricias, a esa vida que nos mostraba de lejos y con cierta timidez cómo nos deseábamos.
¿Eras suficiente en ese entonces?
Puedo sentir el frío invierno en mi piel y en mis manos.
Las eriza, las suaviza y sonrío, pues no estoy sintiendo mi cuerpo, solo floto, mientras cada parte de mi ser quiere verte.
Floto y mi corazón quiere volver a sentirte cerca.
Aquel que perdí, cuando te vi perdiéndome.
Mi vista permanece clavada en la inmensidad de la Dordogne y en las aves que se aproximan con rapidez, dejando en el cielo, la huella de sus llantos.
Escucho entonces el sonido de tus pasos al aproximarte. Visualizo cada pisada en el pavimento cubierto por esa delgada capa de nieve que me encanta romper, porque me recuerda a la fragilidad de algo tan bello, como lo que sea que haya estado sintiendo por ti, en ese entonces.
Visualizo tu sombra, encorvada y angosta.
– Deja de acercarte, eres consciente que esto ya lo vivimos, y que no tienes otra opción más que hacerme daño – te digo de espaldas.
Te asombras y no dices nada.
– ¿De que te sorprendes si es lo único que sabes hacer – te digo, aún sin verte – al menos conmigo.
Repentinamente, se me acalambran las muñecas y me derrumbo en mí. Como si tan solo tu presencia me consumiera y me dejara con el tiempo que no pudo esperar. Sí, ese que nos recordaba que un día más en mi mundo, es un día menos en el tuyo y viceversa.
¿Quieres recordar?
Todo estaba volando aquel día.
El cielo estaba rojo, y poco después, el cielo estaba llorando, y tú con él.
Estabas ahí, parado bajo una garúa inusual de primavera, esperando una palabra, un gesto o simplemente un suspiro que indique que aún me tenías.
Las palabras si salían de mi boca, pero de forma desordenada e incoherente cosa rara. Las lagrimas no saltaban de mis mejillas, por lo que te ibas haciendo más y más pequeño, más innecesario que de costumbre
Empezabas a caducar.
Dos años después de haber terminado parcialmente recién empezabas a caducar.
Y cada día era una lucha interna, una lucha tácita contra ti y tus creencias. Siempre intentando quemar los puentes que nos permitirían llegar a un punto medio, mientras iban pintando de color gris nuestro historial de aventuras y por qué no, apagar las luces que nos recordarían, años más tarde, quienes éramos y porqué estábamos/estuvimos juntos.
Lo cierto es que no necesitábamos recordar un porqué, pues ese ya se había ido hace bastante tiempo.
Abro mis ojos y ahí estás.
Ahí está esa mirada que tanto me sedujo a olvidarme de la versión más real de mi misma.
Te sientas a mi lado sin tocarme. Incluso siento tu mano cerca a la mía. Pero sigues sin tocarme.
¿Cómo saber si sigues así de frío?
Siento la culpa. Cae sobre mi. Como un baldazo de agua helada, agua en cubitos, agua que no es agua.
Y me duele, porque aquella culpa no es mía, ni tuya, es de nadie.
El aire acaricia nuestros rostros.
Vamos caminando, aún sin tocarnos pero de la mano.
Abrigados de pies a cabeza pero totalmente desnudos, expuestos, amargos.
Nos abrimos a una plaza. Es pequeña y nos sentimos observados, como siempre. Me agarras del brazo fuertemente y empiezas a caminar de regreso. Enojado contigo, sirviendo yo de paraguas hacia nosotros.
– No vaciles, ya no tiene sentido hacerlo – te digo intentando frenarte.
Silencio.
– ¿No te das cuenta que siempre vamos a terminar así? – me dice, aún más enojado.
Hay un café en la esquina. Entramos. Hay una mesa a un rincón. Nos sentamos.
Ahora si nos estamos mirando.
Alguien toca la puerta. Me desconcentro y de pronto ya no no estamos en ese café, sino en la puerta de mi casa.
Tu cuerpo, desparramado en mi pared, se sostiene con el poco de fuerza que te queda; tu mirada no deja de sujetarme a nuestra irrealidad, a este amor estúpido que nunca tuvo una razón real para existir.
Me agarras de la cintura y me abrazas. Tan fuerte, tan caprichoso.
Sentí el deseo, sentí la tristeza de estar contigo, otra vez, ahí. Pues ambos sabíamos que pasara lo que pasara, en la mañana volveríamos con nuestros amantes de turno, a aquellos caminos mundanos que nos hacen tropezar.
La existencia inexistente de mitades que nos parten aún más por la mitad.
El cielo empezó a caer a nuestras espaldas.
Dejé de encontrarme entre tus brazos, deje de verme junto a ti.
Y la última vez que estuve detrás de esa puerta, escuchándote respirar, fue aquella que sucedió sin que dieras previo aviso.
Tocaste el timbre, me diste un beso largo pero no tan largo y tomaste mi maleta.
Ninguno de los dos dijo una sola palabra camino al aeropuerto.
No sabía qué decirte, no sabía si quería quedarme o irme.
No me miras.
No es fácil aceptar que hay un tema de compatibilidad no manipulable en el amor.
Nuestra relación tenia fecha de expiración. De esas que se borran con facilidad y te hacen cuestionar su procedencia.
Te convertiste en una idea repetida, y tiempo después, en una idea utópica, de esas que su inexistente maleabilidad solo aburre y te hace dormir.
Te quedaste en el auto mientras yo bajaba mis maletas.
Hiciste lo que mejor supiste hacer conmigo: nada.
Ahora puedo ver que estoy sola en ese café de la esquina. Que en realidad, esta historia terminó el día que no volví a abrirte la puerta, pero, cada tanto llegan vacías precuelas de ese remedo de amor que quiso consumirnos, pero solo pudo volvernos en cenizas sin cenicero.
