La volvió a ver 7 años después, en la sala de embarque del aeropuerto.
En medio de aquel ajetreo de personas, de esa gran masa de sombras y sonidos, un rostro reconocido capta su atención. Ella era lo suficientemente defectuosa como para presentarse ante sus ojos como la chica perfecta y eso que el tenía conceptos muy herméticos en cuanto a la perfección en los seres humanos.
Su nariz estaba rosada e hinchada, sus mejillas, aún cubiertas de diminutos y alborotados lunares, se empalidecían al contrastar, el paso de recientes lágrimas decoraban esa palidez, así como los lentes de sol circulares que cubrían su rostro casi al 50%.
Él la siguió contemplando, sin poder creer que después de tanto tiempo, le seguían sudando las manos al verla.
Al momento de sentarse, sus manos temblaron. Apretó su bolso con inquietud.
– ¿Porqué esta tan triste, tan sola? – se preguntó mientras se acercaba dubitativo.
Había crecido, sin duda.
Lo notó en sus pómulos salidos, en su rostro limpio.
– ¿Cómo reaccionará al verme? – pensó mientras caminaba más lento – ¿Me reconocerá?
Y en eso, vio a la chica que había conocido en el grifo hace 8 años y 7 meses. Esa que hurgaba en su cabello y se jalaba un mechón sin la menor de las muecas, esa que jugaba con el crujido de sus dedos como si no le importara el desgaste de sus huesos mientras volteaba a mirar a su alrededor.
– ¿A quién busca? – se preguntó
No llegaría nadie evidentemente, la espera solo la seduciría con argucia hasta su más cercano punto de quiebre.
Sus labios no dibujaron esa sonrisa de la que se había enamorado aún cuando él mismo negaba la existencia del enamoramiento, y los auriculares que llevaba puestos la empujaban lejos de esa gran masa de sombras y sonidos, de la que él formaba parte, lamentablemente.
Con el ceño fruncido, casi amargada, dejó que el sol repose en sus hombros huesudos. Había algo que lo había incomodado al momento de reconocerla: estaba demasiado delgada, demasiado descuidada.
– Quería correr hacia ti y abrazarte – le confesó años más tarde, cuando era otro el que se hallaba demasiado delgado, demasiado descuidado
– ¿Porqué no lo hiciste? – le respondió acariciando su grasienta frente – Sabes que nunca rechazo un abrazo
– Recordé lo mierda que había sido contigo, el último día que nos vimos, el último día en ese depa, esa cama, ese espacio donde el tiempo nos absorbía y nos escupía 30 horas más tarde – le dijo mientras clavaba sus ojos en ella y la jalaba hacia él, algo que ella nunca entendió cómo lo lograba.
Había algo, sin embargo, que aún quedaba de la imagen que tenía de esa chica a la que dejó sin ningún tipo de explicación: la duda en su andar, la manía de cuestionarse lo incuestionable, y las ganas de amarla que transmitía con solo mirarla a los ojos.
Y aún así, con todas las razones para seguir caminando hacia ella, él dio media vuelta y se escondió entre la masa.
Ella lo había estado observando todo ese tiempo.
Sonrió ante su cobardía, sin mayor asombro.
Un hombre y una niña se acercan.
Los abraza, se levantan y ellos también se pierden entre la masa.
Y es así como ella vuelve a salir del limbo que había creado, en caso quisiera regresar con ese sujeto que le había enseñado a ser feliz siempre, aunque eso implique un poco de desapego de sí misma.
Era momento de dejar esos limbos baratos, esos escapes alternativos que encontró esa noche en ese grifo.
