Quizás pasó mucho tiempo desde que no volvía.
Quizás cambie y el lugar siguió igual, siguió ahí.
Quizás también, quise volver a esa antigua versión mía, donde disfrutaba de la comodidad de vivir en usa ciudad pequeña, no tener que lidiar con el tráfico aunque ojo, 6 años después, ya está existiendo algo que podría considerarse «hora punta», entre otras pequeñas bondades.
Pero dejo mis eternas preguntas de lado, no es el lugar lo que importa, sino las personas que están en él.
Una cena, un reencuentro, pocos abrazos.
– Con lo bello que es abrazar – le digo a la señora del costado, mientras el avión empieza a tomar velocidad para despegar.
Nada cambia hasta que empiezo a notar cuánto me hicieron falta.
Porque, unos bastantes años atrás, yo era esa pequeña niña rodeada de adultos y sus cosas de adultos.
Sin preocupaciones, ni urgencias u olvidos.
Ahora me tocaba estar del otro lado de la mesa, lidiando con lo que antes me ocultaban.
Entonces elijo desprenderme, volver a esa niña de la que tan poco me acuerdo, pero que resulta sumamente importante para mi formación como ser humano los años posteriores y contando.
Sonrío, y solo por ese instante, vuelvo.
– Y – me dice mientras sostiene mi brazo durante una pequeña turbulencia – ¿Valió la pena volver?
– Supongo que sabré de acá a un año.
