7:45 am. El Cortijo. Monterrico.
Estoy tarde. Me levanto en un salto.
Un jean, zapatillas, mi polo de TECHO. Me lavo los dientes.
7:50 am
Una manzana, medio paquete de galletas, mis llaves.
7:55am
Una botella de agua, mi celular, algo de plata.
7:56 am
Respiro. En el camino vuelvo a revisar la hora, como modo de auto-asegurar mi victoriosa tardanza.
Mando un par de mensajes que expresan tanto mis profundas disculpas como mis ganas de hacer de este, un gran día. Los buses no pasan. No sé si pensar que es muy temprano, o muy tarde.
Pero finalmente llega y subo con tranquilidad agilizar el paso no aceleraría el bus o descongestionaría el tráfico.
8:10 am
Pago, me siento. Sonrío.
Hoy es mi primer día como coordinadora en la mesa de trabajo de la comunidad de Cerro Verde.
Al llegar, distingo a un gran número de personas en el punto de encuentro: la richi.
Solo hay dos personas más con el polo de TECHO. Me sonríen y hacen señas para que me acerque. No me conocen y no los conozco, pero, al fin y al cabo, por más distintos que podamos ser, tenemos una cosa en común: nos jode la pobreza y queremos hacer algo al respecto.
Nos presentamos al grupo de voluntarios que teníamos a cargo. Gente que había hecho un pequeño esfuerzo en levantarse un domingo temprano para colaborar con uno o varios proyectos comunitarios.
Personas alegres, ansiosas, cansadas, con sueño o aburridas, pero estaban. Teníamos palas para participar en la faena con la comunidad, algo así como una forma de introducirnos mientras ofrecemos nuestras manos y nuestro tiempo.
El bus llega.
- Nueva América – leo en voz alta antes de subir
- Algo irónico ¿no? – me dice Thierry al escucharme
- ¿A qué te refieres? – respondo
- Un bus que dice llamarse nuevo, te lleva hacía una de las partes más atrasadas de la ciudad – responde con toda naturalidad
Pasamos de ver desde las hermosas casas blancas de Casuarinas hacia otro tipo de viviendas, claramente más precarias, en el mismo cerro.
Un contraste que refleja la inmensa desigualdad en una distancia irreal.
El cambio es brusco. Te sacude como el bus sacude a los tercos que deciden sentarse en la parte de atrás sabiendo que el camino será doloroso, como aquella alarma de las 7:45 que te dice que estás tarde.
DESPIERTA, no vives en una burbuja.
Poco a poco fuimos ingresando a San Juan de Miraflores, y poco a poco nuestros voluntarios dejaban de conversar de banalidades del fin de semana para detenerse y observar.
Nos sentíamos completamente ajenos a un tipo de vida que estaba tan cerca.
No era la tristeza lo que me llenó el corazón en este momento, sino la alegría de saber que parte de la población no es indiferente a las carencias en su propio país.
Una combi más pequeña nos llevó a través del cerro. Pasando por pequeñas casitas de esteras a lo largo de un camino de tierra y piedras que parecen desmoronarse con un soplido.
Lima es grande. Es apenas una décima parte de lo que es en realidad. Y mucha gente no lo sabe, ni le interesa saberlo.
Andamos lento por ese estrecho camino. Habían personas caminando a un costado. Otras solo estaban detenidas en el silencio de esas callecitas poco concurridas.
Escaleras. Infinitas. La llegada parece no existir.
No se hacen más empinadas, pero es así como las sentimos una vez que nuestras piernas descubren que hace bastante tiempo no se ejercitan.
No querido y noble lector, no hay ascensores que nos lleven a la manzana D lote 7.
En la subida saludo a un par de personas. No me conocen y me sonríen tímidamente.
Quejas. Falta de aire. Llegamos.
Un pequeño camino de tierra que sirve de descanso para más subida. Esta última, sin escaleras aún.
- La directiva está más organizada que antes – me comenta Gaby al oído.
Nos presentamos ante ellos. Conocen la organización y lo que hacemos. Nos respetan. Sin embargo, no por eso vamos a entrar a una comunidad y actuar como si nos haremos cargo, ese no es el objetivo.
Tampoco llegaremos con un desayuno nutritivo para todos los vecinos a modo de hacer un ingreso amable para obtener la rápida aceptación.
Entonces, ¿cuál es la forma?
Ayudando, literalmente.
Hay tres grupos de vecinos trabajando en tres secciones del cerro sin escalera.
La gente se compromete, las personas se apoyan, hay interés por no quedarse sentados a esperar la ayuda de alguien más.
Acotación: Es importante mencionar que estas escaleras vienen construyéndolas desde el verano. Un trabajo de comunidad respetable.
Dividimos a los voluntarios de acuerdo a las necesidades del trabajo y nos pusimos manos a la obra.
Y no, no llegamos con escaleras prefabricadas que les solucionará la existencia o con mucho dinero recaudado para comprar las escaleras, llegamos con algo mucho más valioso: personas.
Ese pedir nada más que unas gracias, una sonrisa, u apretón de manos sarcástico, claro eso está.
¿Por qué resulta bueno dar la mano?
Porque no elegimos dónde nacer. Muchas personas nacen envueltas en oro, no porque ellos eligieran que los envuelvan en oro, sino que es la familia y la situación económica de esta, la que se permite darse esos lujos, o por el contrario mendigar por una oportunidad de salir adelante.
