Aquellantonia

Vuela el sonido del mar

Es extraña y peculiar la manera en la que nos aguantamos el llanto.

Según muchos filósofos, novelistas, poetas, o gente como tú y yo, es una acción completamente involuntaria del ser humano.

Por el contrario y desde otro punto de vista, en un momento de duelo es una acción completamente voluntaria. No es gratuito llorar. No podría serlo.

Todo debe seguir una ruta. Un acto preciso que busca evitar todo tipo de cuestionamientos que el hombre, testarudo e idiota, suele hacer solo por el simple placer de hacerlo: joder

Contexto.

4:28 am. New Hampshire. Vermont.

Luces de la sala prendidas. Una cortina entreabierta que da al tejado frontal de la casa cubierto por completo de nieve.

Todos duermen menos ella. Se revuelca en la cama de un lado a otro intentando hallar eso que parece faltar. Rebusca y rebusca entre las respuestas que ha escuchado por ahí. Está cansada de no ser tomada en serio. No hay otro tipo de respuesta. Es, en definitiva, un punto de quiebre, donde la culpa está en ella con el fin de no desmerecer al sujeto que hace lo que mejor sabe hacer: satisfacerse e irse.

No hay ninguna intención más allá que sus propias intenciones.

Ella llora. Se observa, se cuestiona cómo siempre termina arrugada en la esquina de un sofá un último jueves de febrero. Siempre con un manto de desamparo que solo pocos han llevado sobre sus hombros. Es ese desconcierto lo que no hace juego con la manera creativa en la que esta persona se presentó en su vida.

Ella llora por esta, las veces pasadas y las veces que vienen, pues aunque siempre sienta que aprende la lección, le resulta inevitable caer en lo mismo. Aprender la lección, entonces, está fuera de su alcance. ¿Por qué? Porque en esas muchas veces que aún le quedan por equivocarse, le queda un acierto.

Estoy como triste, le escribe a su mejor amiga mientras apoya la cabeza en una pila de almohadas que llevan semanas sin ser tocadas –o lavadas, si es que aquello sirve de consuelo.

Quién sabe, quizás hasta ya no le duela.

Quizá es la falta de dolor lo que le duele.

Nos acostumbramos a tanto y a nada a la vez.

Es extraña y peculiar la manera esta de curtirnos en lo nocivo.

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